CRÍTICA LITERARIA

Comentarios especializados sobre su obra

Sobre Cuatro formas del temblor

Todos estamos solos frente a la noche, frente a la piedra, al relámpago, a la piel. Solos frente a las palabras, intentando nombrar las formas del temblor. Pero casi nunca podemos.
Entonces, desde la Rocha más atlántica, emerge una de las voces más singulares de la poesía contemporánea: Mariella Huelmo. Con una escritura precisa, nos revela que “el poema apenas balbucea” y que “no hay palabra que sostenga la herida”. Por eso, en la profundidad de sus versos, el mundo tiembla.
Cuatro formas del temblor es una experiencia poética que invita a la reflexión, a la pausa, a detener el tiempo al ritmo del verso. Un libro para confirmar que “solo el vértigo existe” y comprender, quizás, que aunque “tenía la noche un agujero por donde salir al campo”, “ningún silencio tiene el tamaño de tu ausencia”.
Mariella Huelmo es, sin duda, una de las voces más originales de la poesía uruguaya actual.

Fabián Severo

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Cuatro formas del temblor es un libro que confirma la importancia de la voz poética de su autora. Su poesía no es hermética, sino diáfana; no es atemperada, sino intensa; no es facilista, sino rigurosa. La lectura de todo libro es un viaje, y el provocado por esta obra transcurre entre emociones y sensaciones, recuerdos y ensoñaciones, roturas y costuras. Poesía de la experiencia. Poesía del temblor. 

Eduardo Nogareda

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Sobre En el pliegue de la noche

Crónica de un dolido amor

La  obra de Mariella Huelmo Guerra espeja a un ser de un interior profundo.

Su poemario refleja desgarros, dolores óseos, noches interminables, abismos insondables y naufragios del alma. Pero también es eco de los cotidianos enfrentamientos entre la pena y la nada, entre la sombra y la luz, entre las palabras y el silencio.

Su experiencia poética y vital es tan intensa y verdadera que, en el pleno ejercicio de la sutileza poética que pedía Verlaine, sus lectores vamos vislumbrando el resplandor, la luz interior de su alta poesía, no solamente en las palabras sino también en sus silencios, por la medida y sensible utilización de los mismos, tan llenos de colores a descubrir y compartir… Ajena a todo fácil recurso literario y, por ello, sin apelar meramente a la sensibilidad de su lector (y, menos aún, a sensiblerías tan en boga) la poeta nos permite acercarnos muy lenta y respetuosamente –yo diría hasta, silentemente- hacia el ojo de la cerradura de su dolido amor. Y, poco a poco, vamos percibiendo -intuyendo y luego confirmando- los ecos de sus ausencias y de su paraíso perdido, para, luego, celebrar juntos –también en nuestra condición de exiliados del Edén- el proceso de maduración interior para, sin renuncias o falsas quejas, seguir levantando las más altas banderas de la vida.

Ignacio Suárez

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Sobre La orfandad de la piel

Un aljibe de belleza

Cuando una autora se hunde en los colores expresivos del lenguaje; cuando busca la poesía a través de la interrogación y de la palabra cuidada, de la atmósfera más que de la denotación de los objetos, y de la insinuación más que de la acción preponderante en los relatos, asistimos al prodigio de la literatura en todo su esplendor.

La poesía de Huelmo dice, y dice mucho. Nunca cae en la cacofonía o el efecto fácil. Se aleja del lugar común con la misma soltura con que otros escritores chapotean en él, pero su mensaje ensancha continuamente la experiencia estética y los horizontes. Ignora la reducción o la simpleza para agradar al lector.

La palabra sirve para nombrar pero también para recobrar los arquetipos. Nos sitúa en un medio donde todo se desliza y vincula con los orígenes, nada se reduce a un momento histórico o un lugar especificado hasta el detalle, pero contiene muchos mundos y muchas coordenadas orientadoras.

Con parsimonioso paso, sin acciones extraordinarias ni falsas ilusiones de felicidad, esta serie de textos por momentos inclasificables, apelan a lo más entrañable y desconocido de la capacidad cognitiva humana. Se yerguen en pausas necesarias en la senda del autoconocimiento, porque son versos, oraciones y frases que crecen para adentro, como el piano vallejiano, y no se conforman con la bruñida superficie de los pasatiempos. Todo busca la región menos visible a simple vista y más gratificante en su esquina de sombras. Huelmo ha sabido seleccionar y combinar vocablos con un único destino: la belleza, y con una única herramienta: una certera intuición de la impalpable realidad, la que nos da sentido como habitantes de la tierra y complementa nuestros panes.

Lauro Marauda

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Sobre Del abismo

Mariella Huelmo no eligió vivir en estos días, pero en estos días le tocó vivir. Tampoco eligió ser de la sensibilidad que es. Pero la sensibilidad que ella tiene, es de ella y anda con ella. y como estos días son de un realismo muy de piedra, Mariella Huelmo anda tratando de antiandar con ellos, con terrones y semillas.

Estos poemas no miran a la vida desde la ventana. Desde su título mismo, dicen que viven la vida desde el ombligo. Y dicen que la sangre los condena a una durísima noria que a veces sonríe. Estos poemas son de soledades predicando desde el abrazo. Son de mucho amor, aún en los momentos que dicen desamor. Son de adioses apostando toda la plata a lo que queda. Y son siempre cuestionadores porque parecen saber que rascar la cuestión, es el único rescate que pagan los imposibles. Estos poemas, también y a veces, son muy cerrados. Quizás como desafiándonos a hacer ganzúa de sus escondidos. Quizás teniendo necesidad de ser en nosotros, la búsqueda laberíntica de las preguntas en las respuestas. Estos poemas tienen cosas de Onetti. O a veces más, son de madeja kafkiana. Sin embargo, otras veces, parecen correr al espejo de la sencillez. Pero ni en su decir cerrado ni en su decir abierto, se  escapan de la calidez y del arte. Ese parece ser su sostén de sangre. Y nunca cae. Y esa fuerza forma su formar. Eso de que nada es un decir, sin la jerarquía que dice el cómo dice. Aquello vallejiano de no creer en el pan sino en el horno. Este es un libro parido por la vida. Grita y susurra, a veces palabra y a veces silencio, que la esperanza duele mucho dolor pero nunca será de piedra.

Jorge Rodríguez Benítez