
La anacahuita de mi infancia tenía dedos torcidos y cabello largo.
Al fondo del patio, junto a la pitanga, sombreaba mis tardes en el sigilo de la siesta.
Cerca estaba el galpón de mi padre, pero la anacahuita le negaba su abrazo; en cambio, derramaba besos en la dulce púrpura que yo subía a buscar con pies prohibidos.
Un sabor redondo me llenaba los ojos.
¡Bájate de ahí, gurisa trompeta!, gritaba mi padre.
¡Bájate! ¡Te vas a caer!, suplicaba mi madre.
Pero la anacahuita era mi nido. Bajo sus ramas de hoja finita, yo también era verde y conversaba con los pájaros.
Si no fuera porque se rajó la chinela, nunca me habría caído. Mi nacagüita sabía sujetarme con su pecho áspero. Pero resbalé y no pudo agarrarme ni mover la escalera que estaba, panza arriba, mirándola desde el suelo. Contra un escalón golpeó mi brazo, para romperse, como tantas veces se rompe la infancia.
Diez años después, le tocó a ella quebrarse. Un rayo abrió su corazón. No pudo curarse. Entonces volvió al aire alto de los gorriones disfrazada de humo desde la cocina de una casa que ya no era mía.
Cada vez que visitaba a mi madre, miraba el patio: donde una vez mi nido, vacío y silencio.
Todo se fue: la niñez, la anacahuita y mi madre. Quedé con hojitas verdes y trinos morados en el patio de mi cabeza.
Ahora vivo en una casa con dos anacahuitas: una pequeña, al fondo; otra inmensa, al frente.
Cerca de la más joven, planté una pitanga. Cuando crezca, van a besarse, murmura la memoria vegetal que me habita.
La del frente respira junto a un ceniciento. Lo apapacha en las tormentas.
Cuando recuerdo que estoy grande, que pronto seré ceniza, trepo a la anacahuita y aprendo de nuevo el idioma de los pájaros.
